ROTULACION A MANO | En Fuera de Serie, el suplemento de Expansión y El Mundo: Rotulación a mano firma las fachadas de los locales de moda
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En Fuera de Serie, el suplemento de Expansión y El Mundo: Rotulación a mano firma las fachadas de los locales de moda

Rotulación a mano firma las fachadas de los locales de moda

Rótulos para restaurantes en pan de oro, murales para reconocidas marcas, “atrezzo” de películas… El taller de rotulación de Diego Apesteguía ha puesto en valor un arte que aporta identidad y diferencia.

En la edición de 2016 los Premios Nacionales de Artesanía reconocieron por primera vez a un rotulista. Sorpresa. ¿Aún hay alguien que pueda rellenar la casilla de ocupación con esa profesión? Lo hay, sí, se llama Diego Apesteguía (Madrid, 1979), es licenciado en Psicología y Bellas Artes, grafitero y publicista antes que artista, y lo dejó todo, incluido un trabajo de investigación de mercados para un banco muy importante que le reportaba una abultada nómina, para dedicarse a hacer letras, a crear murales, a dibujar sobre pizarra, a trabajar el pan de oro, a esmaltar sobre vidrio, a experimentar con ácidos…

A ser rotulista en definitiva, uno más de esos jóvenes artesanos empeñados en defender el hecho a mano en estos tiempos de estandarización. El mencionado galardón en la categoría de Emprendimiento venía a certificar por tanto que es algo más que un chico que pinta, cosa que hace desde siempre. “El premio es cuando el cliente te ingresa el pago en la cuenta”, reconoce él. “Pero sí, nos ha ayudado, te da cierta respetabilidad y la certificación de cara a la gente de que lo que hacemos tiene un valor. Nosotros enseñamos muchos vídeos de cómo trabajamos, las técnicas que empleamos… porque no puedes aspirar a que alguien te valore si no sabe lo que haces”.

Y lo que hacen en Rotulación a mano Apesteguía e Ira Senatos (Kiev, Ucrania, 1992) es arqueología a pie de calle: rescatan técnicas y estéticas sumidas en el olvido cuando caímos enamorados del plástico y el gremio dejó de recibir encargos hasta entrar en fase de oficio en vías de extinción. “En los 80 y 90 bares y locales apostaron por lo que era supuestamente moderno y muchos rótulos fueron a la basura, literalmente”, cuenta con pesar señalando alguno de los rescatados en su nuevo taller en Madrid, fuera del que era su hábitat natural, el barrio de Malasaña. Él se los compró a un coleccionista que se vio obligado a desprenderse de ellos, pero en realidad no hay un mercado. “El problema es que son grandes, los de cristal pintado se pueden romper…”.

Aparte de estudios de tatuaje, barberías, tiendas y alguna colaboración cinematográfica, Apesteguía reconoce que el 90% del alrededor del centenar de encargos al año que recibe es para hostelería: restaurantes y bares que quieren diferenciarse del resto, como Gran Clavel en la Gran Vía madrileña, las pizzerías Ginos o la confitería La Duquesita de Oriol Balaguer, uno de sus trabajos más reconocidos. “Hace muchos años fue el boom del grafiti, del mural; más reciente fue el de las pizarras. Ha habido un momento en que todo el mundo quería una con un montón de letras que no había quien las leyera. Al menos ha quedado la cultura de hacerlas bien”, comenta divertido. “La tendencia ahora es ofrecer varias texturas: un mural en la pared, mesas de cristal con color personalizado, un espejo envejecido…”, concluye.

 

Visión comercial
Muchos le contratan por su arte y descubren casi un consultor que les aconseja sobre lo mejor para sacar partido al negocio, siempre con proyectos personalizados cuyo diseño agiliza mediante ordenador pero que se realizan de forma artesana. “Ahora que casi todo es digital, está hecho por un robot o en China, hay cierta saturación estética que hace que el péndulo se mueva. Cuando todo es seriado y casi nos vestimos todos de tal marca, es importante para un negocio tener identidad y convertir su espacio en algo único”, explica.

 

Pincel en mano el tiempo, ya se sabe, es relativo: las pizarras están hechas en un día; un rótulo de madera en día y medio; en el de cristal invierten de una semana en adelante y hasta un mes. Respecto a los precios, “un rótulo de metacrilato son 500 euros y uno de los nuestros ronda los 1.000”, calcula. No escatima ni en las horas dedicadas ni en la materia prima: el pan de oro, por ejemplo, lo compra a una familia italiana que lleva generaciones fabricándolo para asegurar un origen responsable y una calidad muy superior al que habitualmente se encuentra en el mercado.

Si a estas alturas está lamentando no ser dueño de un local para sumarse a este revival, hay solución. El día de la entrevista Apesteguía y Senatos daban los últimos toques a un cristal grabado con los apellidos Cicuendez Fernández, encargo para colgar en un domicilio particular. Avisamos, los rótulos entran en casa.

Paco Plaza confió en Rotulación a mano para recrear el bar de “Verónica”.

De cine
Lo suyo no es llegar y pintar porque sí. Apesteguía trabaja en sintonía con el cliente y en encargos especiales hace un trabajo de documentación y rastreo histórico. Así sucedió con la remodelación de La Duquesita, confitería centenaria de Madrid, cuando pasó a manos de Oriol Balaguer en 2015. Rehicieron el rótulo superior de la fachada de 4,5 metros realizado por Gilca en los años 50 (cuya firma mantuvieron) y estudiaron las tipografías de la zona y la época para crear otro en la parte inferior.

El proceso es similar en sus colaboraciones para el cine, donde murales o escaparates son elementos fundamentales de atrezzo. Así lo creen directores como Pablo Berger en Abracadabra y Paco Plaza en Verónica que acudieron a ellos para ambientar los bares de barrio de sus películas. Apesteguía reconoce la dificultad en esta última: crear cristales acordes con la zona y la época, y avejentarlos después para hacerlos realistas.

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